viernes, 22 de octubre de 2010

Siempre pasa lo mismo


Ayer que ayudábamos Keira y yo en una brigada de rescate de personas aisladas por las inundaciones en los parajes más bloqueados, nos sucedió algo increíble.

Nos habíamos dispersado en grupos con la intención de abarcar áreas mayores, y quedamos en volver a juntarnos al cabo de tres horas. Keira y yo íbamos en el bote rápido y nos tocó rastrear la parte norte del área.

Todo lo que se miraba era yermo; una gran moqueta de agua cubría todo lo que antes habían sido caminos y poblados, sembradíos y pastizales. Donde antes había vida, hoy sólo era muerte y desolación. Cuerpos de vacas y puercos muertos eran arrastrados por la corriente; también había aves y otros objetos flotando a la deriva.

Al poco rato, Keira divisó algo a lo lejos y nos dirigimos hacia allá. Poco a poco se fue formando lo que parecían los restos de una aldea; incluso podíamos ver a la gente que nos hacía señas con telas en las manos, y hasta pudimos ver un pequeño hilo de humo que comenzó a eleverse en el aire.

De repente, como salido de la nada, se soltó un violento ventarrón que trajo consigo una cerrada cortina de lluvia que opacó nuestra visibilidad. Reduje la velocidad del bote para evitar accidentarnos, pero seguimos lentamente en dirección al punto en donde se suponía estaba la gente.

La tormenta arreció tremendamente. Fue una borrasca tan fuerte que tuvimos que detenernos para esperar a que pasara. Pero la cellisca no cedía.

Al cabo de casi tres horas, la lluvia se detuvo de un modo fulminante. Hubo de nuevo sol, y hasta vimos el pequeño arcoiris que se formó sobre nuestras cabezas. Pero de la aldea, nada.

Yo estaba más que seguro que nos hallábamos muy cerca del punto en donde habíamos visto a las personas, pero parecía que todo se había esfumado.

Keira no podía creelo, ni yo tampoco. De pronto comenzamos a escuchar algo que nos sobrecogió: era como un eco de muchas voces en el viento: ¡Hey, aquí estamos… aquí estamos!... Heyyy…!”. Oíamos tan cerca los gritos que parecía que los teníamos a tiro de piedra. Pero a nuestro alrededor tan solo se veía el yermo páramo de agua que nos rodeaba.

Kaira se me acercó temblando y me abrazó. No hubo necesidad de que me dijera nada. Volví proa y nos alejamos de ahí a toda velocidad.

Cuando llegamos al punto de reunión, nuestros amigos de brigada estaban desesperados. Les contamos la vivencia, pero ellos no nos creyeron.

A mi no me extrañó: Siempre pasa lo mismo.


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