lunes, 18 de enero de 2010

El pájaro que da cuerda al mundo



«
Como era habitual, oí al pájaro-que-da-cuerda chirriar en la copa de un árbol cercano. Ric-ric. Dejé el periódico, me incorporé y, recostado en una columna, contemplé el jardín. Unos instantes después, chirrió de nuevo. Se oía su ric-ric en la copa de un pino de un jardín próximo. Fijé la vista, pero no logré descubrir la figura de ningún pájaro. Sólo se oía su chirrido. Como siempre. De todos modos, el mundo ya tenía cuerda para un día.»


Estoy ahora mismo ante uno de esos textos raros que no se encuentran con facilidad. Se trata de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami.

Y bueno, Murakami no es ya ninguna novedad para nadie que lea libros. Él, desde Japón, nos ha brindado escritos, cuentos, novelas, como esa que se llama Norwegian Woods (o Tokio Blues en el translate), en justa alusión de aquella rola de los Beatles que se hizo tan famosa en su tiempo. O Kafka on the shore; o Sputnik mi amor...

Pero con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Murakami como que se destapa, o mejor dicho, para que tampoco se oiga tan psico, como que se quita la careta y se profundiza, vamos. Algo hizo aquí Murakami, en otras palabras, que al parecer entró por la puerta de un armario (¿de un armario?) para pasar –sin una pizca de nieve- a otra dimensión.

Tooru Okada, que es el protagonista, es un abogado que recibe repentinamente una llamada de una dama. A partir de ahí comienzan a suceder cosas tan raras como increíbles que le hunden en un laberinto de espejismos y alucinaciones. Okada, desde entonces, ya no es un personaje real sino irreal.

Pero no solamente él. Muchos otros personajes también lo son: Está Creeta Kanoo, Malta Kanoo, May Kasahara y todos los demás. Todos ellos son alucinantes en sus conductas, tan irreales y extraños que no se puede creer que existan tipos así en plena modernidad. Es el humo mágico que el buen Murakami hace soplar sobre sus propios ambientes.

Y es que en el centro de un Japón contemporáneo, metido hasta las cachas en el caleidoscopio de la neurosis, Murakami tiene la pasmosa fantasía de dar vida a gentes de esta sicología, que para no variar se codean con políticos corruptos y con mafiosos de poca monta.Todo un zoológico urbano.

Evidentemente Murakami tiene una fijación cruzada por la imágenes surrealistas: El gato perdido (Naboru Wataya), y su cuñado Naboru Wataya; la mujer de sombrero rojo que vivió en la Isla de Malta, Malta Kanoo, y su hermana; la chica del traspatio (May Kasahara), con la cicatriz en la cara y la pierna lastimada, la enorme estatua de pájaro que se levanta en un jardín del traspatio con las alas abiertas y a punto de volar; y también Kumiko, su propia mujer; el constante Ric-Ric del pájaro-que-da-cuerda...todo eso resulta por demás extraño.

Y en esta ambientación tan cruzada pero increíblemente creíble, además de agudamente lógica, con todo, Murakami logra escribir algo tan raro que más parece una joya de esas que no se dan tan fácilmente en el mundo de las letras.

Como alguien ha citado por ahí: Con los libros pasa como con las personas: hay que conocerlos bien para poder juzgarlos.

Ahí se ven.



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