El misterio de El Principito
Admira a quienes intenten grandes cosas, aunque fracasen.
Séneca.
Podría pensarse que un hombre tan curtido en experiencias como Antoine de Saint-Exupéry sería una persona fría y llena de amarguras. Nada más contrario al espíritu de Saint-Ex, buen charlista que, cuando conversaba en un café con sus amigos, provocaba que la gente de las mesas vecinas guardara silencio, arrobada por su encanto.
Dominaba varios trucos de prestidigitación y alguien que lo conoció de cerca decía que bien podría haberse ganado la vida con dicha habilidad.
Su matrimonio fue difícil. La volcánica Consuelo Suncín gustaba de usar el título de condesa, actitud que entristecía al legítimo aristócrata. A pesar de sus defectos humanos, es indiscutible su papel de musa de El Principito.
Sus defensores argumentan que los abundantes volcanes del minúsculo asteroide son un guiño metafórico a El Salvador, país natal de su problemática amada. En cambio, los baobabs fueron conocidos por Exupéry en sus estancias africanas. El zorro del desierto original posee las exageradas orejas que el poético aviador le dibujó en su libro. Y las verdaderas rosas del desierto son en realidad unas rocas de silicato, apreciadas por los coleccionistas, cristalizadas en forma de pétalos.
Saint- Exupéry también tuvo suerte con los millonarios: en vida una mujer le obsequió un avión para una carrera y, después de muerto, otro millonario norteamericano gastó miles de dólares en rastrear con un submarino el área donde, presumiblemente, había caído en combate.
El descubridor sería el buzo profesional Luc Vanrell, quien también está involucrado en la reciente aparición de su repentino y orgulloso victimario.
La reciente declaración del ciudadano alemán Horst Rippert tiene las luces de un intento de apropiarse del aura del autor francés. Incluso el semanario de extrema derecha Minute, sostiene haber revisado los archivos alemanes detectando varias falsedades en la carrera de Horst Rippert, quien por cierto, acaba de desenmascararse como hermano secreto del cantante Ivan Rebroff, fallecido por estas fechas.
Los otros opositores a la credibilidad de Rippert son el antiguo piloto de caza Christian-Antoine Gavoille —ahijado de Antoine Saint-Exupéry—, el historiador Hervé Brun —ex responsable del servicio histórico del Ejército del Aire Francés—, el diario online Crítica y el ABC de Madrid.
Hervé Brun remata la postura de Rippert con un argumento: las patrullas alemanas en Provenza fueron registradas con meticulosidad y no hay ninguna acción anotada en ese día.
La teoría más lógica que flota sobre el avión de El Principito es la posibilidad de un desvanecimiento durante su vuelo final. Era un hombre de 44 años que había maltratado su osamenta con múltiples accidentes y el jornal de los pilotos incluía un ritmo extenuante. No veo nada denigrante en esa posibilidad que nos recuerda la humanidad de un personaje —vale decirlo— cargado de humanismo.
La vida y la muerte de Saint-Exupéry son un misterio.
Lo único seguro en él era aquello que no quería ser. Nunca un burgués inmóvil o un intelectual criticando a Hitler y a De Gaulle desde la comodidad de Nueva York. Murió en la línea del deber, seguro de quien era y hacia donde iban su existencia y su literatura. Pocos artistas pueden conseguir ambas cosas.
Vivir al mismo tono de sus creencias y al vuelo de su pluma como en una firme e incandescente obra maestra.
Confabulario/El Universal


0 comentarios:
Publicar un comentario