domingo, 31 de diciembre de 2006

La exportación de cerebros




El fenómeno de la exportación de cerebros ha existido siempre, pero parece que en nuestros días empieza a ser considerado como un problema. Sin embargo, es un hecho bastante común, y suficientemente establecido por la experiencia universal, que todo cerebro que de veras vale la pena o se va por su cuenta, o se lo llevan, o alguien lo expulsa. En realidad lo primero es lo más usual; pero en cuanto un cerebro existe, se encuentra expuesto a beneficiarse con cualquiera de estos tres acontecimientos.

Ahora bien, yo considero que la preocupacion por un posible brain drain hispanoamericano nace del planteamiento de un falso problema, cuando no de un desmedido optimismo sobre la calidad o el volumen de nuestras reservas de esta materia prima. Es lógico que estemos cansados ya de que países más desarrollados que nosotros acarreen con nuestro cobre o nuestro plátano en condiciones de intercambio cada vez mas deterioradas; pero cualquiera puede notar que el temor de que ademas se lleven nuestros cerebros resulta vagamente paranoico, pues la verdad es que no contamos con muchos muy buenos. Lo que sucede es que nos complace hacernos ilusiones; pero, como dice el refrán, el que vive de ilusiones muere de hambre. Sospechar que alguien está ansioso de apropiarse de nuestros genios significa suponer que los tenemos y, por tanto, que podríamos seguir permitiéndonos el lujo de no importarlos.

Pero hay que examinar las cosas mas a fondo.

Si en los proximos censos generales lográramos en Hispanoamérica computar unos doscientos cerebros de primera, dignos de y dispuestos a ser atraídos por las vanas tentaciones del dinero del exterior, deberíamos darnos por contentos, pues ya es hora de ver las cosas con objetividad y de reconocer que mientras sigamos exportando solamente estaño o henequén nuestras economías permanecerán en su deplorable estado actual.

El cerebro es una materia prima como cualquier otra. Para refinarlo se necesita enviarlo afuera para que algún día nos sea devuelto elaborado, o bien transformarlo nosotros mismos; pero, como en tantos otros campos, por desgracia las instalaciones con que contamos para esto último o son obsoletas, o de segunda, o sencillamente no existen.

Como alguien podría suponer que todo lo dicho hasta aquí ha sido dicho en broma, es bueno acudir a los ejemplos.

La exportación de cada racimo de plátanos le ha estado produciendo a Guatemala alrededor de un centavo y medio de dólar, que la United Fruit Company paga como impuesto, y que sirve sobre todo al gobierno para mantener la tranquilidad social y el orden policiaco que hacen posible producir otra vez sin tropiezos ese mismo racimo de plátanos. Los racimos se exportan por miles cada año, es cierto, pero hay que reconocer que aparte de aquel orden, los beneficios obtenidos han sido más bien escasos, si uno no toma en cuenta el agotamiento de la tierra sometida a esta siembra. ¡Que diferencia cuando se exporta un cerebro! Es evidente que la exportación del cerebro de Miguel Angel Asturias le ha dejado a Guatemala beneficios más notables, un premio Nobel incluido. Por otra parte, muchos otros cerebros han salido de ese país sin que, por lo menos que se sepa, la estructura de éste se haya resquebrajado en lo mínimo; antes por el contrario, sin ellos parece estar cada vez mejor y progresando como nunca.

¿A qué debemos dedicarnos entonces? ¿A producir plátanos o cerebros? Para cualquier persona que maneje medianamente el suyo, la respuesta es obvia.

Examinemos un ejemplo más.

Durante la segunda Guerra Mundial y los años subsiguientes, México exportó braceros en escala considerable. Aun cuando no faltó en ese tiempo, por razones humanitarias, quien impugnara las ventajas de esta exportacion, o arm drain, lo cierto es que cada uno de estos braceros aportaba al país un promedio de 300 dólares anuales que enviaba a su familia. Hoy nadie puede negar que estas remesas contribuyeron en gran medida a resolver los problemas de divisas que México enfrentó en los ultimos años para lograr el impresionante desarrollo económico que ahora experimenta. Si esto se logró con la contribución de los humildes y sencillos campesinos, la mayoría de las veces analfabetos, imagínense lo que significaría la exportación anual de unos 26,000 cerebros. La relación de pago de unos a otros es casi sideral. Cabe, entonces preguntarse de nuevo: ¿qué vale mas exportar: brazos o cerebros?

Planteémonos, pues, el problema, o el falso problema, con toda claridad.

1) A nuestros cerebros no se los lleva nadie o, si esto sucede, es en mínima escala. Cuando buenamente pueden, nuestros cerebros simplemente se van, en la mayoría de los casos porque su consumo en Hispanoamérica esta lejos todavía de ser importante.

2) La historia muestra en buena medida que la fuga de determinado cerebro beneficia mayormente al pais que lo deja marcharse que su permanencia en éste, Joyce hizo mas por la literatura irlandesa desde Suiza que desde Dublín; Marx fue más útil para los obreros alemanes desde Londres que desde su patria; es probable que si Martí no hubiera vivido en los Estados Unidos y en otros países la Revolución cubana no tendria en él a tan grande ideólogo; Andrés Bello transformó la gramática española desde Inglaterra; Rubén Darío hizo lo mismo con el verso español desde Francia; y no quisiera mencionar a Einstein, por lo de la bomba atómica. Son casos aislados, se dirá; sí, pero qué casos. Si Hispanoamérica cree tener en la actualidad unos veinte cerebros como estos, y no los deja escapar, se estará jugando torpemente su destino.

3) Quedan los expulsados. Lo único positivo que los gobiernos dictatoriales de Hispanoamérica han hecho por esta región es expulsar cerebros. A veces se equivocan de buena fe y expulsan a muchos que no lo merecen; pero cuando aciertan y destierran a un buen cerebro están haciendo mas por su país que los Benefactores de la Cultura, que convierten a los talentos de la localidad en monumentos nacionales incapaces de decir una frase o dos que no se parezcan peligrosamente al lugar común o, en el mejor de los casos, al rebuzno, que, viéndolo bien, no ofende nunca a nadie y a veces puede incluso embellecer la caída de la tarde.

Finalmente, y si es que la preocupación es correcta, como en muchas ocasiones la solución está a la mano y nadie la ve, quizá porque choca con nuestros moldes mentales en materia económica: por cada cerebro exportado importemos dos.


Augusto Monterroso, (“Movimiento Perpetuo”).

El espejo de los enigmas




Preciso es encontrar lo infinitamente grande en lo infinitamente pequeño, para sentir la presencia de Dios.
Pitágoras.


El pensamiento de que la Sagrada Escritura tiene (además de su valor literal) un valor simbólico no es irracional y es antiguo: está en Filón de Alejandría, en los cabalistas, en Swedenborg. Como los hechos referidos por la Escritura son verdaderos (Dios es la Verdad, la Verdad no puede mentir, etcétera), debemos admitir que los hombres, al ejecutarlos, representaron ciegamente un drama secreto, determinado y premeditado por Dios.

De ahí a pensar que la historia del universo —y en ella nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas— tiene un valor inconjeturable, simbólico, no hay un trecho infinito. Muchos deben heberlo recorrido; nadie, tan asombrosamente como León Bloy. (En los fragmentos psicológicos de Novalis y en aquel tomo de la autobiografía de Machen que se llama The London Adventure, hay una hipótesis afín: la de que el mundo externo —las formas, las temperaturas, la luna— es un lenguaje que hemos olvidado los hombres, o que deletreamos apenas… También la declara De Quincey: “Hasta los sonidos irracionales del globo deben ser otras tantas álgebras y lenjuajes que de algún modo tienen sus llaves correspondientes, su severa gramática y su síntaxis, y así las mínimas cosas del universo pueden ser espejos secretos de los mayores”.

Un versículo de San Pablo (I, Corintios, XIII, 12) inspiró a León Bloy. Videmus nunc per speculum in aenigmate: tunc autem facie ad faciem. Nunc cognosco exparte: tunc autem cognoscam sicut et cognitus sum.< Torres Amat miserablemente traduce: “Al presente no vemos a Dios sino como en un espejo, y bajo imágenes oscuras: pero entonces le veremos cara a cara. Yo no le conozco ahora sino imperfectamente: mas entonces le conoceré con una visión clara, a la manera que soy yo conocido.” Cuarenta y cuatro voces hacen el oficio de veintidós; imposible ser más palabrero y más lánguido. Cipriano de Valera es más fiel: “Ahora vemos por espejo, en oscuridad; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido.” Torres Amat opina que el versículo se refiere a nuestra visión de la divinidad; Cipriano de Valera (y León Bloy) a nuestra visión general.

Que yo sepa, Bloy no imprimió a su conjetura una forma definitiva. A lo largo de su obra fragmentaria (en la que abundan, como nadie lo ignora, la quejumbre y la afrenta) hay versiones o facetas distintas. He aquí unas cuantas, que he rescatado de las páginas clamorosas de Le mendiant ingrat, de Le Vieux de la Montagne y de L’invendable. No creo haberlas agotado: espero que algún especialista en León Bloy las complete y las rectifique.

La primera es de junio de 1894. La traduzco así: “La sentencia de San Pablo: Videmus nunc per speculoum in aenigmate sería una claraboya para sumergirse en el Abismo verdadero, que es el alma del hombre. La aterradora inmensidad de los abismos del firmamento es una ilusión, un reflejo exterior de nuestros abismos, percibidos “en un espejo”. Debemos invertir nuestros ojos y ejercer una astronomía sublime en el infinito de nuestros corazones, por los que Dios quiso morir. Si vemos la Vía Láctea, es porque existe verdaderamente en nuestra alma.”

La segunda es de noviembre del mismo año: “Recuerdo una de mis ideas más antiguas. El Zar es el jefe y el padre espiritual de ciento cincuenta millones de hombres. Atroz responsabilidad que sólo es aparente. Quizá no es responsable, ante Dios, sino de unos pocos seres humanos. Si los pobres de su imperio están oprimidos durante su reinado, si de ese reinado resultan catástrofes inmensas, ¿quién sabe si el sirviente encargado de lustrarle las botas no es el verdadero y solo culpable? En las disposiciones misteriosas de la Profundidad, ¿quién es de veras Zar, quién es rey, quién puede jactarse de ser un mero sirviente?.”

La tercera es de una carta escrita en diciembre: “Todo es símbolo, hasta el dolor más desgarrador. Somos durmientes que gritan en el sueño. No sabemos si tal cosa que nos aflige no es el principio secreto de nuestra alegría ulterior. Vemos ahora, afirma San Pablo, per speculum in aenigmate, literalmente: en enigma por medio de un espejo y no veremos de otro modo hasta el advenimiento de Aquel que está todo en llamas y que debe enseñarnos todas las cosas”.

La cuarta es de mayo de 1904. “Per speculum in aenigmate, dice San Pablo. Vemos todas las cosas al revés. Cuando creemos dar, recibimos, etc. Entonces (me dice una querida alma angustiada) nosotros estamos en el cielo y Dios sufre en la tierra.”

La quinta es de mayo de 1908. “Aterradora idea de Juana, acerca del texto Per speculum. Los goces de este mundo serían los tormentos del infierno, vistos al revés, en un espejo.

La sexta es de 1912. En cada una de las páginas de L’Ame de Napoleón, libro cuyo propósito es descifrar el símbolo Napoleón, considerado como precursor de otro héroe —hombre y simbólico también— que está oculto en el porvenir. Básteme citar dos pasajes: Uno: “Cada hombre está en la tierra para simbolizar algo que ignora y para realizar una partícula, o una montaña, de los materiales invisibles que servirán para edificar la Ciudad de Dios.” Otro: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es, con certidumbre. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz… La historia es un inmenso texto litúrgico donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida.”

Los anteriores párrafos tal vez parecerán al lector meras gratitudes de Bloy. Que yo sepa, no se cuidó nunca de razonarlos. Yo me atrevo a juzgarlos verosímiles, y acaso inevitables dentro de la doctrina cristiana, Bloy (lo repito) no hizo otra cosa que aplicar a la Creación entera el método que los cabalistas judíos aplicaron a la Escritura. Estos pensaron que una obra dictada por el Espíritu Santo era un texto absoluto: vale decir un texto donde la colaboración del azar es calculable en cero.

Esa premisa portentosa de un libro impenetrable a la contingencia, de un libro que es un mecanismo de propósitos infinitos, les movió a permutar las palabras escriturales, a sumar el valor numérico de las letras, a tener en cuenta su forma, a observar las minúsculas y mayúsculas, a buscar acrósticos y anagramas y a otros rigores exegéticos de los que no es difícil burlarse. Su apología es que nada puede ser contingente en la obra de una inteligencia infinita. León Bloy postula ese carácter jeroglífico —ese carácter de escritura divina, de criptografía de los ángeles— en todos los instantes y en todos los seres del mundo. El supersticioso cree penetrar esa escritura orgánica: trece comensales articulan el símbolo de la muerte; un ópalo amarillo, el de la desgracia...

Es dudoso que el mundo tenga sentido; es más dudoso aun que tenga doble y triple sentido, observará el incrédulo. Yo entiendo que así es; pero entiendo que el mundo jeroglífico postulado por Bloy es el que más conviene a la dignidad del Dios intelectual de los teólogos.

Ningún nombre sabe quién es, afirmó León Bloy. Nadie como él para ilustrar esa ignorancia íntima. Se creía un católico riguroso y fue un continuador de los cabalistas, un hermano secreto de Swedenborg y de Blake: heresiarcas.


Jorge Luis Borges, Otras Inquisiciones.

viernes, 29 de diciembre de 2006

El sueño de Coleridge




And yet, and yet… Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.
Jorge Luis Borges, Otras Inquisiciones.


El fragmento lírico Kubla Khan (cincuenta y tantos versos rimados e irregulares de prosodia exquisita) fue soñado por el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, en uno de los días del verano de 1797. Coleridge escribe que se había retirado a una granja en el confín de Exmoor; una indisposición lo obligó a tomar un hipnótico; el sueño lo venció momentos después de la lectura de un pasaje de Purchas, que refiere la edificación de un palacio por Kubla Khan, el emperadar cuya fama occidental labró Marco Polo.

En el sueño de Coleridge, el texto casualmente leído procedió a germinar y a multiplicarse; el hombre que dormía intuyó una serie de imágenes visuales y, simplemente, de palabras que las manifestaban; al cabo de unas horas se despertó, con la certidumbre de haber compuesto, o recibido, un poema de unos trescientos versos. Los recordaba con singular claridad y pudo transcribir el fragmento que perdura en sus obras. Una visita inesperada lo interrumpió y le fue imposible, después, recordar el resto. “Descubrí, con no pequeña sorpresa y mortificación —cuenta Coleridge—, que si bien retenía de un modo vago la forma general de la visión, todo lo demás, salvo unas ocho o diez líneas sueltas, había desaparecido como las imágenes en la superficie de un río en el que se arroja una piedra, pero, ay de mí, sin la ulterior restauración de estas últimas.”

Swinburne sintió que lo rescatado era el más alto ejemplo de la música del inglés y que el hombre capaz de analizarlo podría (la metáfora es de Jahn Keats) destejer un arco iris. Las traducciones o resúmenes de poemas cuya virtud fundamental es la música son vanas y pueden ser perjudiciales; bástenos retener, por ahora, que a Coleridge le fue dada en un sueño una página de no discutido esplendor.

El caso, aunque extraordinario, no es único. En el estudio psicológico The World of Dreams, Havelock Ellis lo ha equiparado con el del violinista y compositor Giuseppe Tartini, que soñó que el Diablo (su esclavo) ejecutaba en el violín una prodigiosa sonata; el soñador, al despertar, dedujo de su imperfecto recuerdo el Trillo del Diavolo. Otro clásico ejemplo de cerebración inconsciente es el de Robert Louis Stevenson, a quien un sueño (según él mismo ha referido en su Chapter on Dreams) le dio el argumento de Olalla y otro, en 1884, el de Jekyll & Hide. Tartini, quiso imitar en la vigilia la música de un sueño; Stevenson recibió del sueño argumentos, es decir, formas generales; más afín a la inspiración verbal de Coleridge es la que Beda el Venerable atribuye a Caedmon (Historia ecclessiastica gentis Anglorum, IV, 24).

El caso ocurrió a fines del siglo VII, en la Inglaterra misionera y guerrera de los reinos sajones. Caedmon era un rudo pastor y ya no era joven; una noche, se escurrió de una fiesta porque previó que le pasarían el arpa, y se sabía incapaz de cantar. Se echó a dormir en el establo, entre los caballos, y en el sueño alguien lo llamó por su nombre y le ordenó que cantara. Caedmon contestó que no sabía, pero el otro le dijo: “Canta el principio de las cosas creadas.” Caedmon, entonces, dijo versos que jamás había oído. No los olvidó, al despertar, y pudo repetirlos ante los monjes del cercano monasterio de Hild.

No aprendió a leer, pero los monjes le explicaban pasajes de la historia sagrada y él “los rumiaba como un limpio animal y los convertía en versos dulcísimos, y de esa manera cantó la creación del mundo y del hombre y toda la historia del Génesis y el éxodo de los hijos de Israel y su entrada en la tierra de promisión, y muchas otras cosas de la Escritura, y la encarnación, pasión, resurrección y ascensión del Señor, y la venida del Espíritu Santo y la enseñanza de los apóstoles, y también el terror del Juicio Final, el horror de las penas infernales, las dulzuras del cielo y las mercedes y los juicios de Dios.” Fue el primer poeta sagrado de la nación inglesa; “nadie se igualó a él —dice Beda—, porque no aprendió de los hombres sino de Dios.” Años después, profetizó la hora en que iba a morir y la esperó durmiendo. Esperemos que volvió a encontrarse con su ángel.

A primera vista, el sueño de Coleridge corre el albur de parecer menos asombroso que el de su precursor. Kubla Khan es una composición admirable y las nueve líneas del himno soñado por Caedmon casi no presentan otra virtud que su origen onírico, pero Coleridge ya era un poeta y a Caedmon le fue revelada una vocación. Hay, sin embargo, un hecho ulterior, que magnifica hasta lo insondable la maravilla del sueño en que se engendró Kubla Khan. Si este hecho es verdadero, la historia del sueño de Coleridge es anterior en muchos siglos a Coleridge y no ha tocado aún a su fin.

El poeta soñó en 1797 (otros entienden que en 1798) y publicó su relación del sueño en 1816, a manera de glosa o justificación del poema inconcluso. Veinte años después, apareció en París, fragmentariamente, la primera versión occidental de una de esas historias universales en que la literatura persa es tan rica, el Compendio de Historias de Rashid ed Din, que data del siglo XIV. En una página se lee: “Al este de Shang tu, Kubla Khan erigió un palacio, según un plano que había visto en un sueño y que guardaba en la memoria”. Quien esto escribió era visir de Ghazan Mahmud, que descendía de Kubla.

Un emperador mogol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio. Confrontadas con esta simetría, que trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos, nada o muy poco son, me parece, las levitaciones, resurrecciones y apariciones de los libros piadosos.

¿Qué explicación preferiremos? Quienes de antemano rechazan lo sobrenatural (yo trato, siempre, de pertenecer, a ese gremio) juzgarán que la historia de los dos sueños es una coincidencia, un dibujo trazado por el azar, como las formas de leones o de caballos que a veces configuran las nubes. Otros argüirán que el poeta supo de algún modo que el emperador había soñado el palacio y dijo haber soñado el poema para crear una espléndida ficción que asimismo paliara o justificara lo truncado y rapsódico de los versos. (A principios del siglo XIX o a fines del XVIII, juzgado por lectores de gusto clásico, Kubla Khan era harto más desaforado que ahora. En 1884, el primer biógrafo de Coleridge, Traill, pudo aún escribir: “El extravagante poema onírico Kubla Khan es poco más que una curiosidad psicológica.”).

Esta conjetura es verosímil, pero nos obliga a postular, arbitrariamente, un texto no identificado por los sinólogos en el que Coleridge pudo leer, antes de 1816, el sueño de Kubla. Más encantadoras son las hipótesis que trascienden lo racional. Por ejemplo, cabe suponer que el alma del emperador, destruido el palacio, penetró en el alma de Coleridge, para que éste lo reconstruyera en palabras, más duraderas que los mármoles y metales.

El primer sueño agregó a la realidad un palacio; el segundo, que se produjo cinco siglos después, un poema (o principio de poema) sugerido por el palacio; la similitud de los sueños deja entrever un plan; el período enorme revela un ejecutor sobrehumano. Indagar el propósito de ese inmortal o de ese longevo sería, tal vez, no menos atrevido que inútil, pero es lícito sospechar que no lo ha logrado. En 1691, el P. Gerbillon, de la Compañía de Jesús, comprobó que del palacio de Kublai Khan sólo quedaban ruinas; del poema nos consta que apenas se rescataron cincuenta versos.

Tales hechos permiten conjeturar que la serie de sueños y de trabajos no ha tocado a su fin. Al primer soñador le fue deparada en la noche la visión del palacio y lo construyó; al segundo, que no supo del sueño del anterior, el poema sobre el palacio. Si no marra el esquema, alguien, en una noche de la que nos apartan los siglos, soñará el mismo sueño y no sospechará que otros lo soñaron y le dará la forma de un mármol o de una música. Quizá la serie de los sueños no tenga fin, quizá la clave esté en el último.

Ya escrito lo anterior, entreveo o creo entrever otra explicación. Acaso un arquetipo no revelado aún a los hombres, un objeto eterno (para usar la nomenclatura de Whitehead), esté ingresando paulatinamente en el mundo; su primera manifestación fue el palacio; la segunda el poema. Quien los hubiera comparado habría visto que eran esencialmente iguales.

jueves, 28 de diciembre de 2006

Machen y San Jorge




“Yo no pregunto de qué raza es un hombre; basta que sea un ser humano; nadie puede ser nada peor”
Mark Twain, (The Man that Corrupted Hadleyburg)


Arthur Machen nació en 1863 en el País de Gales, en Caerlson–on–Usk, minúsculo pueblo que fue sede de la Corte del rey Arturo, y desde el cual los Caballeros de la Tabla Redonda partieran en busca del Grial.

Cuando sabemos que Himmler, en plena guerra, organizó una expedición para buscar el vaso sagrado, y cuando, para iluminar la historia nazi secreta, tropezamos con un texto de Machen y descubrimos en seguida que este escritor nació en aquel pueblo, cuna de los temas wagnerianos, debemos decirnos una vez más que, para todo el que sepa ver, las coincidencias visten hábitos luminosos.

Machen se instaló en Londres siendo muy joven, y allí vivió asustado, igual que Lovecraft en Nueva York. Estuvo unos meses de dependiente en una librería, después hizo de preceptor, y se dio cuenta de que era incapaz de ganarse la vida en sociedad. Se puso a escribir, en medio de un extremado agobio material y de un infinito cansancio.

Durante un largo período, vivió de las traducciones. Heredó una pequeña suma a la muerte de su padre, que era pastor protestante, y, teniendo asegurada la comida y el fuego por un tiempo, prosiguió su obra con el sentimiento creciente de que «un inmenso golfo espiritual le separaba de los otros hombres», y de que tenía que aceptar cada vez más esta vida de «Robinson Crusoe del alma».

En 1895 se publicaron sus primeros relatos fantásticos: The Great God Pan y The Immost Ligth. Afirma en ellas que el Gran Pan no ha muerto, y que las fuerzas del mal, en el sentido mágico de la palabra, esperan constantemente a algunos de nosotros para llevarlos al otro lado del mundo. En este mismo tono, publicó al año siguiente La Poudre Blanche, que es su obra más sólida después de The Secret Glory, su obra maestra, escrita a los sesenta años.

A los treinta y seis, después de doce años de amor, perdió a su esposa: «No hemos estado doce horas separados en estos doce años; puede, pues, imaginarse lo que he sufrido y sufro aún todos los días. Si deseo ver impresos mis manuscritos es para podérselos dedicar todos en estos términos: Auctoris Anima ad Dominam.» Vive ignorado, en la miseria, y con el corazón destrozado. Después de tres años, a los treinta y nueve, renuncia a la literatura y se hace actor ambulante.

«Dice usted que no tiene mucho valor –le escribe a Toulet–. Yo no tengo ninguno. Tan poco, que ya no escribo ni una línea, y creo que jamás volveré a hacerlo. Me he convertido en cómico de la legua; he subido al tablado, y en este momento actúo en Coriolano.»

Vaga por Inglaterra, con la Compañía shakespeariana de Sir Frank Benson, y después ingresa en la del «Teatro Saint–James». Poco antes de la guerra del 14, tiene que abandonar el teatro y hace un poco de periodismo para poder subsistir. No escribe ningún libro. En la barahúnda de Fleet Street, entre sus atareados compañeros de trabajo, su extraño rostro meditabundo, sus maneras pausadas y afables de erudito, hacen sonreír a los demás.

Para Machen, según puede verse en toda su obra, «el hombre está hecho de misterio y para los misterios y las visiones». Lo sobrenatural constituye la realidad. El mundo exterior contiene pocas enseñanzas, a menos que se mire como un depósito de símbolos y de significados ocultos. Sólo las obras de imaginación, producto de un espíritu que busca las verdades eternas, tienen posibilidad de ser obras reales y realmente útiles.

Como dice el crítico Philip van Doren Stern, «es posible que haya más verdades esenciales en los relatos fantásticos de Arthur Machen, que en todos los gráficos y en todas las estadísticas del mundo».

Una aventura muy singular conduce de nuevo a Machen a la vida literaria. Gracias a ello, su nombre gozó de celebridad durante unas semanas, y la impresión que esto le produjo le decidió a terminar su vida como escritor. El periodismo le pesaba, y había perdido la afición a escribir para sí. Acababa de estallar la guerra. Hacía falta literatura heroica. Éste no era su género. The Evening News le pidió un artículo. Lo escribió a vuela pluma, pero siempre a su manera. Fue The Bowmen (Los arqueros). El periódico lo publicó el 29 de setiembre de 1914, el día siguiente a la retirada de Mons. Machen había imaginado un episodio de esta batalla: san Jorge, con su resplandeciente armadura y al frente de unos ángeles que eran los antiguos arqueros de Azincourt, socorría al Ejército británico.

Pues bien, docenas de soldados escribieron al periódico: el señor Machen no había inventado nada. Ellos habían visto con sus propios ojos, ante Mons, a los ángeles de san Jorge incorporándose a sus filas. Podían atestiguarlo por su honor. Gran número de estas cartas fueron publicadas. Inglaterra, ávida de milagros en el momento de peligro, se conmovió. Machen fue ignorado cuando intentó revelar secretas realidades.

Ahora con una fantasía de pacotilla, conmovía a todo el país. ¿O sería que las fuerzas ocultas se levantaban y tomaban tal o cual forma a la llamada de su imaginación, tan a menudo ligada a las verdades esenciales, y que tal vez había realizado una profunda labor sin él saberlo? Machen repitió más de doce veces en los periódicos que su relato era pura invención. Nadie le creyó. En vísperas de su muerte, más de treinta años después, el gran anciano repetía sin cesar, en sus conversaciones, esta extravagante historia de los ángeles de Mons.

A despecho de esta celebridad, el libro que escribió en 1915 no tuvo el menor éxito. Era The Great Return, meditación sobre el Grial. Después, en 1922, vino The Secret Glory, que es una crítica del mundo moderno a la luz de la experiencia religiosa. A los sesenta años, comenzó una autobiografía original en tres volúmenes. Tenía algunos admiradores fervientes en Inglaterra y en América, pero se moría de hambre.

En 1943 (tenía ochenta años), Bernard Shaw, Max Beerbohm y T. E. Elliot formaron un comité para reunir fondos con los cuales evitar que terminara en un asilo de indigentes. Pudo acabar sus días en paz, en una casita de Buckinghamshire y murió en 1947.

Siempre le había entusiasmado una frase de Murger. En La Vie de Bohème. Marcel, el pintor, no tiene siquiera una cama. «"¿Dónde descansáis, pues?" –le pregunta su casero–. "Señor –responde Marcel–, descanso en la Providencia."»


Jacques Bergier, El Retorno de los Brujos.

miércoles, 27 de diciembre de 2006

La muralla y los libros



He, whose long wall the wand’ring Tartar bounds…
DUNCIAD, II, 76


Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer Emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones —las quinientas o seiscientas leguas de piedra para opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado— procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Indagar las razones de esa emoción es el fin de esta Plancha.

Históricamente, no hay misterio en las dos medidas. Contemporáneo de las guerras de Aníbal, Shih Huang Ti, rey de Tsin, redujo bajo su poder a los Seis Reinos antes existentes y borró el sistema feudal; erigió la muralla, porque las murallas eran defensas; quemó los libros, porque la oposición los invocaba para alabar a los antiguos emperadores. Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes; lo único singular en Shih Huang Ti fue la escala en la que obró.

Así lo hacen entender algunos sinólogos, pero yo siento que los hechos que he referido son algo más que una exageración o una hipérbole de disposiciones triviales. Cercar un huerto o un jardín es común; no lo es cercar un imperio. Tampoco es baladí pretender que la más tradicional de las razas renuncie a la memoria de su pasado, mítico o verdadero. Tres mil años de cronología tenían los chinos (y en esos años, se incluyen el Emperador Amarillo y Chuang Tzu y Confucio y Lao Tzu), cuando Shih Huang Ti ordenó que la historia empezara con él.

Shih Huang Ti había desterrado a su madre por libertina; en su dura justicia, los ortodoxos no vieron otra cosa que una impiedad; Shih Huang Ti, tal vez, quiso abolir todo el pasado para abolir un solo recuerdo: la infamia de su madre. Esta conjetura es atendible, pero nada nos dice de la muralla, de la segunda cara del mito.

Shih Huang Ti, según los historiadores, prohibió que se mencionara la muerte y busco el elixir de la inmortalidad y se recluyó en un palacio figurativo, que constaba de tantas habitaciones como hay días en el año; estos datos sugieren que la muralla en el espacio y el incendio en el tiempo fueron barreras mágicas destinadas a detener la muerte. “Todas las cosas quieren persistir en su ser”, ha escrito Baruch Spinosa; quizá el Emperador y sus magos creyeron que la inmortalidad es intrínseca y que la corrupción no puede entrar en un orbe cerrado.

Quizá el Emperador quiso recrear el principio del tiempo y se llamó Primero, para ser realmente primero, Y se llamó Huang Ti, para ser de algún modo Huang Ti, el legendario emperador que inventó la escritura y la brújula. Este, según el Libro de los Ritos, dio su nombre verdadero a las cosas; parejamente Shih Huang Ti se jactó, en inscripciones que perduran, de que todas las cosas, bajo su imperio, tuvieran el nombre que les conviene. Soñó fundar una dinastía inmortal; ordenó que sus herederos se llamaran Segundo Emperador, Tercer Emperador, Cuarto Emperador, y así hasta el infinito…

He hablado de un propósito mágico; también cabría suponer que erigir la muralla y quemar los libros no fueron actos simultáneos. Esto (según el orden que eligiéramos) nos daría la imagen de un rey que empezó por destruir y luego se resignó a conservar, o la de un rey desengañado que destruyó lo que antes defendía. Ambas conjeturas son dramáticas, pero carecen, que yo sepa, de base histórica. Herbert Allen Giles cuenta que quienes ocultaron libros fueron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la desaforada muralla. Esta noticia favorece o tolera otra interpretación.

Acaso la muralla fue una metáfora, acaso Shih Huang Ti condenó a quienes adoraban el pasado a una obra tan vasta como el pasado, tan torpe y tan inútil. Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: “Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ese destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ese borrara mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá.” Acaso Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía que este era deleznable y destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre. Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan.

La muralla tenaz que en este momento, y en todos, proyecta sobre tierras que no veré, su sistema de sombras, es la sombra de un Cesar que ordenó que la más reverente de las naciones quemara su pasado; es verosímil que la idea nos toque de por si, fuera de las conjeturas que permite. (Su virtud puede estar en la oposición de construir y destruir, en enorme escala.) Generalizando el caso anterior, podríamos inferir que todas las formas tienen su virtud en si mismas y no en un “contenido” conjetural.

Esto concordaría con la tesis de Benedetto Croce; ya Pater, en 1877, afirmó que todas las artes aspiran a la condición de la música, que no es otra cosa que forma. La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es quizá, el hecho estético.


Jorge Luis Borges, Otras Inquisiciones

Las moscas




Quiero mudar de estilo y de razones.
Lope de Vega.


Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres.

Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La sigo teniendo . Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo; las moscas son Euménides, Erinias; son castigadoras. Son las vengadoras de no sabemos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán para siempre. Ellas vigilan. Son las vicarias de alguien innombrable, buenísimo o maligno. Te exigen. Te siguen. Te observan.

Cuando finalmente mueras es probable, y triste, que baste una mosca para llevar quién puede decir a dónde tu pobre alma distraída. Las moscas transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigran a través de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros no nos atrevemos a conocer.

Quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de esa mosca, que ha venido reproduciéndose sin enriquecerse a lo largo de los siglos. Y, bien mirada, creo que dijo Milla (autor que por supuesto desconoces pero que gracias a haberse ocupado de la mosca oyes mencionar hoy por primera vez), la mosca no es tan fea como a primera vista parece. Pero es que a primera vista no parece fea, precisamente porque nadie ha visto nunca una mosca a primera vista. A nadie se le ha ocurrido preguntarse si la mosca fue antes o después.

En el principio fue la mosca. (Era casi imposible que no apareciera aquí eso de que en el principio fue la mosca o cualquier otra cosa. De esas frases vivimos. Frases mosca que, como los dolores mosca, no significan nada. Las frases perseguidoras de que están llenas nuestros libros.) Olvídalo. Es más fácil que una mosca se pare en la nariz del papa que el papa se pare en la nariz de una mosca. El papa, o el rey o el presidente (el presidente de la república, claro; el presidente de una compañía financiera o comercial o de productos equis es por lo general tan necio que se considera superior a ellas) son incapaces de llamar a su guardia suiza o a su guardia real o a sus guardias presidenciales para exterminar una mosca. Al contrario, son tolerantes y, cuando más, se rascan la nariz. Saben.

Y saben que también la mosca sabe y los vigila; saben que lo que en realidad tenemos son moscas de la guarda que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuiden y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler, o como el de Jonhson. Pero no hay que hacer caso. Vuelve a las narices. La mosca que se posó en la tuya es descendiente directa de la que se paró en la de Cleopatra. Y una vez más caes en las alusiones retóricas prefabricadas que todo el mundo ha hecho antes. Pues a pesar tuyo haces literatura.

La mosca quiere que la envuelvas en esa atmósfera de reyes, papas y emperadores. Y lo logra. Te domina. No puedes hablar de ella sin sentirte inclinado hacia la grandeza. Oh, Melville, tenías que recorrer los mares para instalar al fin esa gran ballena blanca sobre tu escritorio de Pittsfield, Massachussetts, sin darte cuenta de que el Mal revoleteaba desde mucho antes alrededor de tu helado de fresa en las calurosas tardes de niñez y, pasados los años, sobre ti mismo en el crepúsculo te arrancabas uno que otro pelo de la barba dorada leyendo a Cervantes y puliendo tu estilo; y no necesariamente en aquella enormidad informe de huesos y esperma incapaz de hacer mal alguno sino a quien interrumpiera su siesta, como el loquito Ahab, ¿Y Poe y su cuervo? Ridículo.

Tú mira la mosca. Observa. Piensa.


Un cuento de Augusto Monterroso

Polvos del Krakatoa




Charles Hoy Fort escribe:

En otoño de 1883, y varios años después, hubo puestas de sol tan vivas que nadie antes había observado algo semejante.
Hubo también lunas azules.

La sola mención de lunas azules será sin duda suficiente para hacer sonreír a los incrédulos. Sin embargo, en 1883, las lunas azules eran algo tan vulgar como los soles verdes. Era necesario que la ciencia se explicara.

Las publicaciones como Nature y Knowledge recibieron un diluvio de cartas. Supongo que, en Alaska y en los Mares del Sur, todos los brujos fueron sometidos a una prueba parecida. Era preciso encontrar algo. El 28 de agosto de 1883, el volcán de Krakatoa, en el estrecho de la Sonda, había hecho explosión. Terrible.

El ruido, se dijo, se propagó a tres mil kilómetros de distancia. Hubo treinta y seis mil trescientos ochenta muertos. Este detalle me parece demasiado poco científico: es curioso que no se mencionen tres mil doscientos dieciocho kilómetros y treinta y seis mil trescientos ochenta y siete víctimas.

El volumen de humo desplazado debió ser visible en los planetas vecinos. Atormentada por nuestra agitación, nuestras idas y venidas, la Tierra debió quejarse al planeta Marte, lanzándonos un vasto y negro juramento.

Todos los libros de texto que mencionan el hecho anotan sin la menor excepción que los fenómenos atmosféricos de 1883 fueron registrados por primera vez hacia finales de agosto o primeros de septiembre. Esto complica las cosas. Se pretendía, en 1883, que estos fenómenos eran causados por las partículas de polvo volcánico que había arrojado el Krakatoa.

Sin embargo, los fenómenos se prolongaron durante siete años, después de una pausa de varios años. Durante todo este tiempo, ¿qué le había ocurrido al polvo volcánico?

Una cuestión semejante debería haber conturbado a los especialistas. Pero la ciencia posee la ventaja de ser la incongruencia establecida.

El Krakatoa: he aquí la explicación que dieron los sabios. Se desconoce la de los brujos. La ciencia tiende, en su punto de partida, a negar mientras pueda las relaciones exteriores a esta Tierra.

Con su consideración aligerada de los fenómenos de 1883, los sabios, en un gran arranque de positivismo. han sostenido este disparate: la suspensión de polvo volcánico en el aire durante siete años, después de un intervalo de varios años. Esto antes que admitir que este polvo podía tener un origen extraterrestre.

Es cierto que estos mismos sabios estaban lejos de haber completado la positividad con la unanimidad de sus opiniones: ya que mucho antes de 1883, Nordenskiold se había expresado prolijamente sobre el polvo cósmico, y el profesor Cleveland Abbe se había levantado, en su tiempo, contra la explicación krakatoniana. Pero tal es la ortodoxia de la mayoría de sabios.

Pero esta explicación es absurda: no es plausible admitir que la atmósfera terrestre pueda tener un poder semejante de suspensión.

Existen datos sobre objetos que han ascendido en el aire y han permanecido allí semanas o meses, pero no por la virtud de suspensión de la atmósfera terrestre. La tortuga de Vicksburg, por ejemplo.

Para la ciencia sería ridículo sostener que una tortuga de respetable tamaño haya podido permanecer suspendida durante tres o cuatro meses por encima de la ciudad de Vicksburg, y esto gracias al único sostén del aire.

Pero volvamos al Krakatoa.

La explicacón oficial está descrita en el Report of the Krakatoa Comitee of the Royal Society. Se extiende a lo largo de 492 páginas, con 40 ilustraciones, algunas de ellas magníficamente realizadas en color. Fue publicado después de cinco años de eficiente, artística, y autoritaria investigación.

Las cifras son impresionantes: distribución del polvo krakatoniano, velocidad del transporte, proporciones de la subsistencia, altitud y persistencia, etc.

La desgracia hace que, según el Annual Register, todos los efectos atmosféricos atribuidos al Krakatoa hayan sido apercibidos en la Trinidad antes de la fecha de la erupción, y que, según Knowledge, se les haya observado en Natal, en Africa del Sur, seis meses antes.

¿Pues de qué polvos hablan ellos?


Texto de Fort publicado en:
el webcindario de oswaldo

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martes, 26 de diciembre de 2006

Comunicaciones y polvo




Se sabe que en Israel fue utilizado para las comunicaciones antiguas un material parecido al que se empleaba en Egipto, más conocido como «papiro», elaborado con el cogollo de unos juncos de ese mismo nombre cuyos signos eran trazados con un cálamo de caña y una especie de tinta obtenida de madera carbonizada previamente molida.

En el Antiguo Testamento se cita la «carta de Urías» (2 Sam. 11, 14-15). El papel con el que entonces se escribían las cartas recibió en aquella época el nombre de charta, de donde deriva la denominación que todavía hoy damos generalmente a las misivas.

En un principio, los griegos escribían sus cartas sobre pieles de animales. Para ello, Eumenes II de Pérgamo (197-170 a. C.) encontró un procedimiento especial. El material de esa forma aún se conoce con el nombre de «pergamino». Más tarde, también se utilizaron como material para escribir cartas las tablillas de madera cubiertas de cera, unidas entre sí para poderlas cerrar como si fuesen un libro, sobre cuya superficie se grababa el mensaje por medio de un punzón conocido con el nombre de «estilo».

Para evitar posibles indiscreciones, las cartas escritas en tablillas eran cerradas con un cordón, cuyos extremos eran convenientemente sellados. Por este detalle podemos apreciar el interés que desde un principio existió por mantener inviolado el contenido de una carta en el caso de que el portador sufriese algún percance.

Otro sistema sencillo, pero eficaz, fue el empleado por los espartanos a principio del siglo VII a. C., conocido entre ellos con el nombre de esquítalo. Los mensajes se escribían sobre una tira de cuero enrollada en forma de espiral alrededor de una varilla de madera. En la práctica, se procedía cortando una varilla de madera en dos partes iguales, una de las cuales era para el destinatario y la otra para el remitente. Este último enrollaba en la varilla la tira de cuero en forma de espiral, escribiendo la carta con tinta sobre la tira de cuero en sentido transversal, o sea, siguiendo el eje longitudinal del bastón. Luego se desenrollaba la delgada correa y se entregaba al mensajero para que la llevara a su destino.

En el caso de que el mensajero fuera detenido en el camino y le arrebatasen la carta, el ladrón no podía sacar nada en limpio, ya que desconocía el diámetro de la varilla, cuyo grosor podía ser variado en cualquier momento. Como el mensajero tampoco conocía este detalle, ni siquiera el tormento era útil para arrancarle alguna confesión. Así pues, la carta se reducía a una estrecha tira de cuero en la que aparecían gruesas letras escritas en sentido oblicuo y con un orden aparentemente inconexo. Sin embargo, una vez llegada la tira a manos del destinatario que ya poseía la varilla gemela adecuada, bastaba con enrollar la cinta, formando nuevas espirales, para que las palabras quedasen legibles con la misma claridad con que habían sido escritas sobre la varilla original.

Con el tiempo, fueron ideados otros sistemas de escritura cifrada diferentes. Un escritor militar griego, que escribió un libro en la mitad del siglo IV a. C. sobre temas de asedio de ciudades, el ya citado Aineias, conocido con el sobrenombre de «el Tácito», consideró tan importante la escritura cifrada, por el gran papel que desempeña en las comunicaciones con una ciudad sitiada por el enemigo, que le dedicó un extenso capítulo.

En él expone dieciséis diferentes sistemas de cifra, alguno de los cuales todavía se emplea en la actualidad. Otro sistema sumamente ingenioso es el descrito en el citado capítulo 31, que podemos designar con el nombre de rueda postal. Este sistema tenía la ventaja de poder ser lanzado, con una flecha o con una catapulta, fuera de los muros de una fortaleza sitiada.

Un pequeño disco de madera contenía en su borde 24 agujeros y dos más en el centro. La posición de estos dos agujeros, referida al radio que los atravesaba, servía para determinar en cada caso las primeras letras, que, a su vez, podían ser convenientemente cifradas. El resto de las letras se extendía hacia la derecha o izquierda siguiendo el orden que cada una ocupaba en el alfabeto. Para descifrar el mensaje había que pasar un hilo por los agujeros de las letras correspondientes a la comunicación, destinándose el agujero del centro para pasar por él el hilo cuando se llegaba al final de una palabra. También se introducía por este agujero el hilo una vez terminada la transmisión del mensaje.

El destinatario, que, como es lógico, era conocedor del significado atribuido a cada uno de los agujeros, solamente tenía que hacer pasar el hilo a la inversa, tomando nota de cada una de las letras y situándolas en orden inverso al en que aparecían. Cada palabra debía ser separada de las anteriores con un guión tantas veces como el hilo aparecía pasado a través del agujero central.

Entre otros métodos de cifrado, Aineias cita también el sistema de puntos, en el que cada una de las letras está representada por puntos o por rayas. Este sistema, procedente de Oriente, asimismo fue empleado con mucha frecuencia por los fenicios y los judíos. Podemos considerar tal tipo de escritura cifrada, usado también por el emperador Augusto, como una especie de antecesor de nuestro alfabeto Morse.

Junto a los procedimientos que podríamos llamar visibles, existían otros de carácter oculto. Por ejemplo, con tintas de composición secreta se escribía el mensaje invisible, y luego, encima, se redactaba otra comunicación con texto completamente diferente. El destinatario hacía aparecer la escritura secreta sometiendo el papel a la acción del calor o tratándolo con cloruro férrico.

A pesar de la seguridad que este sistema proporcionaba, los grandes secretos de Estado se comunicaban con textos cifrados.

¿Acaso no es lo mismo que se hace en la actualidad?

lunes, 25 de diciembre de 2006

La Pesadilla



"Chesterton es la muchedumbre.”
Ezra Pound.


El estilo de G.K. Chesterton, fundado en la paradoja y la parábola o relato simbólico, lo acerca, según Jorge Luis Borges, que era un profundo admirador suyo, a uno de sus contemporáneos: Franz Kafka.

Chesterton, en sus novelas del Padre Brown cuenta historias donde se esboza la idea de un hombre asesinado por sus sirvientes mecánicos ("El hombre invisible"); de un libro que produce la muerte de quien lo lea ("El maligno influjo del libro"); o de un extraño aristócrata que muere en su castillo donde lo acompañaba un criado retardado, que es el único que lo ha visto los últimos años y no quiere decir que ha sucedido con todo el oro que misteriosamente ha desaparecido sin dejar rastros, especialmente en imágenes religiosas que: "no están simplemente sucias ni han sido rasguñadas o rayadas por ocio infantil o por celo protestante, sino que han sido estropeadas muy cuidadosamente y de un modo muy sospechoso. Donde quiera que aparecía en las antiguas miniaturas el antiguo nombre de Dios, ha sido raspado laboriosamente. Y sólo otra cosa ha sido raspada: el halo en torno a la cabeza del niño Jesús..." u otras donde una muchacha rica aparece muerta al caer por el hueco de un ascensor y lo que parece un simple accidente deja de serlo al aparecer una extraña nueva secta de la cual ella formaba parte y que adora al sol ("El ojo de Apolo"). En otra, un héroe histórico es mostrado bajo un perfil extraño y aterrador al descubrir el padre Brown la verdad oculta tras el mito ("La muestra de la espada rota").

Otra de las más notables antologias del autor es "El hombre que sabía demasiado", donde el investigador Horne Fisher resuelve crímenes, más por su profundo conocimiento de las intimidades de los involucrados en cada caso que por sus conocimientos acerca de todas las ramas del saber humano.

Presento aquí una de sus obras cortas denominada “La Pesadilla”.



Un ocaso de oro y cobre acababa de romper en mil fragmentos sobre el oeste, y tonalidades grises se arrastraban sobre todas las cosas de la tierra y el cielo; también despertó el viento apoyando un gélido dedo sobre la carne y el espíritu. Los arbustos del fondo de mi jardín comenzaron a susurrar cual conspiradores; y a ondear luego como manos salvajes que hicieran señas. Estaba tratando de leer a la luz última y moribunda sobre el césped un largo poema del período decadente, un poema acerca de los antiguos dioses babilonios y egipcios, acerca de sus templos espléndidos y obscenos, su alzada cruel y colosal.

"¿Oh, fuiste tú, Dios de las Moscas, quien asedió
a los Hebreos y resultó empapado
Con vino hasta la cintura, o Bastet que portaba
verdes berilos por ojos?"


Leía este poema porque debía revisarlo para el Daily News; pese a todo era poesía genuina en su clase. Desprendía una atmósfera, un humo fragante y tórrido que verdaderamente parecía proceder del cautiverio de Egipto o de la opresión de Tiro. No hay mucho en común (gracias a Dios) entre mi jardín con su horizonte inglés a lo lejos, verde-grisáceo, y estas locas visiones de palacios formidables, decorados con pinturas, dioses sin cabeza y soledades monstruosas de arenas púrpuras o doradas. No obstante (como me confesé a mí mismo) era yo capaz de imaginar en aquella tempestuosa penumbra un olor igual a muerte y terror.

El ruinoso crepúsculo semejaba verdaderamente uno de sus ruinosos templos: un amontonamiento de trozos de mármol verde y oro. Algo oscuro se desprendió aleteante de uno de los árboles en sombra y revoloteó hacia otro. No supe si búho o roedor alado; podría suponerlo negro querube, un querubín infernal de lo oscuro, no con alas de pájaro y cuerpo de infante, sino con testa de duende y alas de murciélago. Pienso que de haber suficiente luz, habría podido sentarme y escribir una muy creíble y espeluznante historia acerca de cómo alcancé el desvío de la carretera por detrás de la iglesia y me topé con Algo— digamos un perro, un perro con un sólo ojo. Después me habría encontrado con un caballo, quizás, un caballo sin jinete; el caballo también tendría un sólo ojo.

Entonces se rompería aquel silencio inhumano; me encontraría con un hombre (¿necesito decirlo: un hombre con un sólo ojo?) quien me preguntaría el camino hacia mi propia casa. O quizás me dijera que había ardido hasta los cimientos. Pienso que podría sostener una pequeña narración con mucha comodidad a lo largo de unas cuantas líneas por el estilo. O podría soñarme trepando sin cesar los altos y sombríos árboles que se elevan por encima de mí. Son tan altos que siento como si fuera a encontrar en su cúspide los nidos de los ángeles; pero en este caso serían ángeles horrendos y oscuros, ángeles de muerte.

Todo esto, os daréis cuenta, no son más que bobadas a las que, al fin y al cabo, no doy crédito. Ese universo de un sólo ojo, con sus hombres y animales de un sólo ojo, creados por el parpadeo de un único ojo universal. En lo alto de esos árboles de tan dramático aspecto no hallaría el Nido de Ángeles. Hallaría tan sólo el Nido del Íncubo; el nido de la contemplación y de lo divino no está allí. En el Nido del Íncubo descubriría ese obscuro, enorme huevo opalescente que empolla la Pesadilla. Pues nada hay tan placentero como una pesadilla— cuando eres consciente de que es una pesadilla.

Esto es lo esencial. Esta es, estrictamente, la condición en que se colocan los artistas al aproximarse a esa lujuria del terror. El terror debe ser fundamentalmente frívolo. La cordura puede jugar con la locura; pero a la locura no puede permitírsele jugar con la cordura. Permitámosle a los poetas como aquél que yo leía en el jardín, en todos los sentidos, la libertad de imaginar cuantas deidades infames y paisajes violentos guste. Dejémosle vagabundear libremente a su albedrío entre perspectivas y cumbres opiáceas. Mas esos dioses gigantescos, esas enormes ciudades, son juguetes; nunca, ni por un instante, se les debe permitir ser nada más.

El hombre, niño agigantado, debe jugar con Babilonia y Nínive, con Isis y Astarté. Permitámosle soñar con el cautiverio egipcio, en tanto en cuanto se ve libre del mismo. Dejémosle soportar la opresión de Tiro, en tanto en cuanto le sea ligera. Mas los antiguos dioses deben ser sus muñecos, no sus ídolos. Sus santidades básicas, sus verdaderas posesiones, deben ser cristianas y sencillas. Y del mismo modo que un niño apreciaría ante todo las cosas sencillas y claras de la poesía y la piedad: ese caballo de madera que constituyera el fin épico de Ilión, o esa cruz de madera que redimió y conquistó el mundo.

En una de las cartas de Stevenson hay un comentario de humor característico acerca de la sobrecogedora impresión que le produjeron en la infancia las bestias de muchos ojos del Libro de las Revelaciones: "Si aquello era el Cielo, por el nombre de Davy Jones, a qué se parecía el infierno?" Ahora bien, en su sobria verdad, hay una argumentación magnífica en esos monstruos del Apocalipsis. Se trata, supongo, de la idea de que seres realmente más hermosos o más universales que nosotros podrían resultarnos temibles e incluso confundirnos. Y en especial, podría ser que parecieran tener múltiples órganos sensoriales, más perceptivos; una idea representada de manera altamente imaginativa en forma de múltiples ojos. Aprecio mucho esos monstruos bajo el trono. Es cuando uno de ellos vagabundea por los desiertos y encuentra un trono para sí mismo que da comienzo la creencia en el mal y allí (literalmente) está el demonio a quien retribuir- en forma de bailarinas o sacrificios humanos. En tanto en cuanto los poderes elementales, desfigurados, rodean el trono recordad que aquello objeto de su culto tiene la mayor de las semejanzas con la apariencia humana.

Esta es, a mi juicio, la tesis más cierta acerca de los Cuentos de Terror y cosas parecidas, los cuales, a menos sean bien llevados por el hombre de letras y hechos creíbles, terminarán sin duda por reventarle el cerebro o resultarán en escritos sin valor. El Hombre, pilar central del mundo, debe mantenerse erguido al frente; a su alrededor todos los árboles y animales y elementos y demonios pueden hacer fintas y volutas si lo desean. Toda literatura verdaderamente imaginativa es únicamente el contraste entre las excéntricas curvaturas de la Naturaleza y la rectitud del alma.

El hombre puede advertir cuán feas parecen si está seguro de que no les rendirá culto; pero algunos hay tan ingenuos que adoran algo sólo porque es feo. Esos deben ser encadenados a la belleza. Es más, no siempre es equivocado acudir, como Dante, al borde menos elevado del promontorio y mirar hacia abajo, al infierno. Es cuando desde el infierno miramos hacia arriba que podemos haber cometido un serio error de cálculo.

Por tanto, no veo error alguno en cabalgar junto con la Pesadilla esta noche; me relincha en el balancearse de las copas y en el rugido del viento; la atraparé y cabalgaré a través del viento abominable. Como si bosques y malezas fueran arrancados de cuajo en la creciente tempestad, como si todo quisiera salir volando con nosotros hacia la luna, como esa vaca salvaje y amorosa cuya cría es la Ternera-Luna.

Alcanzaremos ese loco infinito en el cual no hay arriba ni abajo, el inmenso y alto desorden de los cielos. Cabalgaré la Pesadilla, mas ella no lo hará conmigo.

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Sobre pájaros y animales



Un cuento escogido de Yasunari Kawabata


Unos trinos de pájaros irrumpieron en su ensoñación.
Sobre un camión viejo y desvencijado había una jaula que podía haber sido para un criminal
del teatro kabuki, aunque era dos o tres veces más grande.
El taxi del hombre parecía haberse introducido en un cortejo fúnebre. El número «23» estaba pegado al parabrisas del coche que le seguía, junto al rostro del conductor. El hombre miró por la ventanilla. Pasaban por delante de un templo zen, frente al cual una piedra ostentaba la inscripción: «Lugar histórico. La Tumba de Dazai Shundai». En la verja estaba el aviso de que se celebraría un funeral.
Bajaban una pendiente. Al pie había un cruce con un policía que dirigía el tráfico. Unos treinta coches formaban una hilera ante el cruce, amenazando con un atasco. Contempló la jaula de pájaros que serían soltados durante el funeral. Empezaba a impacientarse.
-¿Qué hora es? -preguntó a la criada, una niña pequeña sentada con deferencia junto a él, con un cesto de flores cuidadosamente colocado en su falda. No era de esperar que la niña tuviera un reloj.
-Las siete menos cuarto -contestó en su lugar el conductor-. Este reloj va seis o siete minutos atrasado.
La puesta de sol brillaba todavía en el cielo de verano. El perfume de las rosas del cesto era fuerte. Del jardín del templo llegaba el perfume opresivo de alguna flor de junio.
-Vamos con retraso. ¿No puede ir más rápido?
-No puedo hacer nada hasta que haya pasado al otro carril. ¿Qué ocurre en Hibiya Hall? -probablemente el chófer estaba pensando en aprovechar el viaje de regreso. -Un recital de danza.
-¿Ah, sí? ¿Cuánto tiempo le parece que tardarán en soltar todos esos pájaros?
-Supongo que trae mala suerte cruzarse en el camino con un funeral.
Se oyó un fuerte aleteo. El camión se movía.
-No, trae buena suerte. Dicen que la mejor suerte del mundo -como para dar mayor realce a sus palabras, el chófer se colocó en el carril derecho y pasó rápidamente al cortejo.
-Es extraño -rió el hombre-. Parece que debería ser al contrario.
Sin embargo, era de esperar que la gente se hubiera acostumbrado a pensar así.
Resultaba extraño preocuparse por estas cosas mientras se dirigía al recital de Chikako. Si quería buscar malos presagios, el hecho de haber dejado en casa dos cadáveres sin enterrar era peor suerte que cruzarse con un funeral.
-Deshazte de esos pájaros cuando volvamos esta noche -dijo, casi escupiendo las palabras-. Aún deben estar en el armario del piso de arriba.
Hacía ya una semana que habían muerto los dos reyezuelos de corona dorada. No se había tomado la molestia de desprenderse de los cadáveres, dejándolos en la misma jaula dentro del armario al final de la escalera. Él y la criada estaban tan acostumbrados a los cadáveres de pájaros pequeños, que aún no se habían preocupado de tirarlos, pese a que sacaban almohadones de debajo de la aula cada vez que tenían visitas.
Junto con ciertas variedades de herrerillo, abadejo y mirlo verde, el reyezuelo de corona dorada es el más pequeño de los pájaros enjaulados. De color aceituna en la parte superior y de un pálido marrón amarillento en la inferior, tiene el cuello amarronado y dos franjas blancas en las alas. Los extremos de las plumas del ala son amarillos. En la coronilla de la cabeza hay un grueso anillo negro rodeando otro amarillo. Cuando las plumas están erizadas, el amarillo destaca como un único crisantemo. En el macho tiene tonalidades de un anaranjado intenso. Los ojos redondos poseen un encanto desenfadado, y hay exuberancia en la costumbre del pájaro de trepar alrededor del techo de la jaula. En conjunto es un pájaro muy atractivo y elegante.
Como el tendero los había traído por la noche, el hombre colocó inmediatamente la jaula en la oscura cavidad del altar doméstico. Al echarle una mirada un poco más tarde, vio que los pájaros eran muy bellos en el sueño. Cada uno de ellos tenía la cabeza entre las plumas del otro; y los dos eran como un ovillo de algodón, tan juntos que resultaba imposible distinguir el uno del otro. Cercano ya a los cuarenta años, sintió que le invadía un calor juvenil, y permaneció en pie sobre la mesa contemplando largamente el altar.
«¿No habrá en algún país - se preguntó - una pareja de jóvenes, enamorados por primera vez, durmiendo exactamente así?» Sintió deseos de compartir la escena, pero no llamó a la criada.
A partir del día siguiente puso los reyezuelos sobre la mesa, para mirarlos mientras comía. Incluso cuando tenía un invitado, se rodeaba de pájaros y animales. Sin escuchar realmente lo que el invitado decía, se ponía en el dedo un poco de comida y se dedicaba a entrenar a un petirrojo; o bien, con un perro shiba sobre la rodilla, solía aplastar piojos.
-Me gustan los shiba. Tienen algo fatalista. Se los pone uno sobre la rodilla, como ahora, o se les relega a un rincón, y se quedan allí sin moverse durante medio día.
Y con frecuencia no miraba a su invitado hasta que éste se levantaba para irse.
En verano tenía carpas y foxinos escarlatas en una pecera de cristal sobre la mesa de la sala.
-Quizá sea porque me estoy haciendo viejo. Ya no me gusta ver a los hombres. No me gustan los hombres. Me canso al cabo de un minuto. Tiene que ser una mujer, cuando como, cuando viajo.
-Debería casarse.
-Eso tampoco me gustaría. Prefiero a las mujeres, ordinarias. Lo mejor es saber que es ordinaria y continuar viéndola como si no lo hubiera notado. Las criadas también me gustan de esa clase.
-¿Y es por eso que tiene animales?
-Con los animales es diferente. He de tener a mi alrededor algo vivo y dinámico.
Hablando a medias consigo mismo, se olvidaba del invitado mientras contemplaba las carpas de diversos colores y veía cambiar la luz de sus escamas según sus movimientos, y meditaba en el sutil mundo de luz de esta reducida extensión de agua.
Cuando el vendedor tenía un pájaro nuevo, se lo traía sin que fuera solicitado. A veces el hombre tenía treinta variedades en su despacho.
-¿Otro pájaro? -se lamentaba la criada.
-Tendrías que estar contenta. No es un precio demasiado alto por hacerme feliz cuatro o cinco días.
-Pero en su rostro hay una expresión solemne y los mira con tanta fijeza...
-¿Te hace sentir incómoda? ¿Crees que me estoy volviendo loco? ¿Hay demasiado silencio en este lugar?
Pero para él la vida tenía una frescura joven durante los días que seguían a la llegada de un nuevo pájaro. Sentía en el pájaro las bendiciones del universo. Tal vez fuera un defecto en él, pero no podía sentir nada parecido en un ser humano. Y era más fácil ver las maravillas de la creación en un pájaro en movimiento que en la inmovilidad de conchas y flores. Las pequeñas criaturas, incluso enjauladas, emanaban alegría de vivir.
Esto era particularmente cierto con la animada pareja de reyezuelos.
Alrededor de un mes después de su llegada, uno de los pájaros huyó de la jaula mientras les daba de comer. La criada estaba aturdida, y el pájaro voló hasta una alcanforera que había encima.: del cobertizo. Las hojas de la alcanforera tenían una capa de escarcha matutina. Los dos pájaros, uno en la jaula y el otro fuera, se llamaron mutuamente con voces altas y tensas. El hombre puso la jaula sobre el tejado del cobertizo, y junto a ella un palo untado de liga. Los pájaros se llamaban con desesperación creciente, pero al parecer el prófugo se alejó del lugar hacia el mediodía. La pareja procedía de las montañas de detrás de Nikkö.
El pájaro abandonado era hembra. Recordando a la pareja dormida, el hombre importunó a su tendero para que le buscase un macho. Hizo la ronda de los vendedores, pero sin suerte. Al final su proveedor le consiguió otra pareja del campo. Él dijo que sólo quería al macho.
-Han venido como una pareja, y no tendría objeto quedarme uno solo. Le daré a la hembra de balde.
-Pero, ¿se llevarán bien los tres?
-Probablemente sí. Ponga juntas las jaulas durante cuatro o cinco días y se acostumbrarán a permanecer juntos.
Pero, como un niño con un juguete nuevo, no pudo esperar. En cuanto el tendero se marchó, puso los dos pájaros nuevos con el antiguo. La conmoción fue peor de lo que esperaba. Los dos pájaros nuevos, rechazando la percha, empezaron a aletear de un lado a otro de la jaula. El pájaro antiguo se mantenía inmóvil en el suelo, mirando con terror a los intrusos. Éstos se llamaban el uno al otro, como un matrimonio ante un desastre repentino. La palpitación de los tres animales asustados era violenta. Metió la jaula en el armario. La pareja se reunió, llamándose mutuamente, y el pájaro desparejado se mantuvo tímidamente solo.
Esto no convenía. Los separó, pero entonces sintió una gran piedad por la hembra solitaria. La puso con el macho nuevo. El macho llamó a la pareja de quien le habían separado, y no se acercó a la otra; pero con el tiempo llegaron a dormir muy juntos. Cuando volvió a reunir a los tres pájaros al día siguiente por la tarde, la conmoción no fue tanta como la víspera. Los tres se durmieron formando un solo ovillo, dos cabezas, una a cada lado, entre las plumas del tercero. Se acostó con la jaula junto a la almohada.
Pero cuando se despertó a la mañana siguiente, dos dormían como una cálida bola de algodón. El tercero yacía muerto bajo la percha, con las alas medio extendidas, las patas rígidas y los ojos entreabiertos. Como si no conviniera que los otros vieran el cadáver, lo sacó y, sin decírselo a la criada, lo tiró al cubo de la basura. «Una horrible especie de asesinato», pensó.
¿Cuál había muerto?, se preguntó, contemplando la jaula. Contrariamente a lo que hubiera esperado, el superviviente parecía ser la hembra antigua. Su afecto por la antigua era mayor. Tal vez el favoritismo le hizo pensar que era la superviviente. Vivía sin familia, y el favoritismo le molestaba.
-Si ha de hacer tales distinciones, ¿por qué vive con pájaros y animales?: Hay un buen objeto para sustituirles llamado ser humano.
Se considera que los reyezuelos de corona dorada son débiles y mueren pronto; pero su pareja era muy sana.
Compró un alcaudón recién nacido a un cazador furtivo, y éste fue el principio: se acercaba la estación en que no podría salir por tener que alimentar a las crías que llegaban de las montañas. Pétalos de wistaria caían sobre el agua cuando sacó el barreño a la veranda para bañar a los pájaros.
Mientras escuchaba los aleteos contra el agua y limpiaba las jaulas, oyó voces infantiles detrás de la cerca. Parecían estar esperando la muerte de algún pequeño animal. Se encaramó sobre la cerca, pensando que tal vez uno de sus cachorros de terrier se hubiera extraviado fuera del jardín. Era una cría de alondra. Incapaz aún de sostenerse sobre las patas, se tambaleaba sobre el montón de basura. Se le ocurrió la idea de darle amparo.
-Es de aquella casa -un chico de la escuela primaria señaló una casa verde frente a la cual crecían unas paulonias de aspecto venenoso-. Lo han tirado. Se morirá, ¿verdad?
-Sí, morirá -dijo fríamente, alejándose de la cerca.
La familia de la casa verde tenía tres o cuatro alondras.
Probablemente se habían deshecho de una que no quería cantar. El impulso piadoso le abandonó con rapidez; no tenía objeto quedarse con un pájaro que había sido desechado como si fuera basura.
Hay pájaros entre cuyas crías es imposible distinguir al macho de la hembra. Los tratantes bajan de las montañas cestas llenas de ellas y se desprenden de las hembras en cuanto pueden reconocerlas. La hembra no canta y no se vende. El amor hacia pájaros y animales se convierte en una búsqueda de los superiores, y de este modo la crueldad echa raíces. Estaba en su naturaleza querer a cualquier animal doméstico en cuanto lo veía, pero sabía por experiencia que este afecto fácil era de hecho una falta de afecto, y que causaba un retraso en el ritmo de su vida. Y por este motivo, por muy hermoso que fuese un animal, por mucho que le encarecieran que se quedase con él, se negaba a quedárselo si había sido criado por otra persona.
En su soledad, llegó a su arbitraria conclusión: no le gustaba la gente. Maridos y esposas, padres e hijos, hermanos y hermanas: los vínculos no se rompían con facilidad ni siquiera con la persona menos satisfactoria. Había que resignarse a vivir con ellos. Y todo el mundo poseía lo que se llama un ego.
En cambio, había cierta pureza triste en convertir en juguetes las vidas y costumbres de los animales, y, decidiéndose por una forma ideal, en cruzarlos de una manera artificial y pervertida: existía en ello una innovación divina. Con una sonrisa sarcástica, excusó como símbolos de la tragedia del universo y del hombre a estos amantes de los animales que atormentan animales, buscando siempre una raza más y más pura.
Una tarde del noviembre pasado fue a verle el dueño de una perrera que parecía una naranja arrugada debido a una afección del riñón o algo por el estilo.
-Una cosa terrible. Le quité la correa cuando llegamos al parque y la perdí en la niebla durante menos de un minuto, y ya tenía un perro encima. La aparté y la cosí a puntapiés hasta que no pudo levantarse. No comprendo cómo concibió, pero suele ocurrir justamente cuando no se desea.
-Y usted es considerado un profesional.
-Sí, no puedo decírselo a nadie, es algo muy embarazoso. Maldita perra. En pocos segundos me hizo perder cuatrocientos o quinientos yens -sus labios amarillentos temblaban.
El altivo doberman seguía, escabulléndose, con la cabeza gacha, y miraba con miedo al enfermo renal. La niebla llegaba a grandes oleadas.
El perro tenía que venderse a través de los buenos oficios del hombre. Sería un descrédito para él, insistió, si, una vez vendido, tenía una camada mixta; pero algún tiempo después, evidentemente corto de dinero, el hombre vendió la perra sin decir nada. Dos o tres días más tarde, el comprador acudió a verle, llevando la perra. Al día siguiente de haberla adquirido había tenido una camada muerta.
-La criada la oyó gemir y abrió el postigo, y vio a la perra bajo la veranda, comiéndose un cachorro. Estaba sorprendida y un poco asustada y no podía ver bien en la oscuridad. No sabemos cuántos cachorros nacieron, pero ella cree que la perra se comía al último. Llamaron al veterinario inmediatamente, y éste dijo que ningún propietario de perros debe vender una perra preñada. Ésta debió ser montada por un perro callejero y su dueño le había pegado casi hasta matarla. Dijo que no había sido un nacimiento normal y que tal vez la perra ya tuviera la costumbre de comerse a sus cachorros. Tuve que quedarme de nuevo con ella. Todos estamos furiosos. Es algo terrible hacer esto a un animal.
-Déjeme ver -repuso con aire despreocupado, levantando la perra y tocándole las tetillas-. Ya ha tenido camadas otras veces. Empezó a comerlas porque estaban muertas -habló con indiferencia, aunque él también estaba furioso y apenado.
Ya habían nacido cachorros cruzados en su casa.
Ni siquiera en un viaje podía compartir la habitación con un hombre, y le disgustaba que pernoctaran en la casa huéspedes masculinos, y carecía de criado; y aunque el hecho no tenía nada que ver con su actitud hacia los hombres, sólo poseía perras. A menos que un perro fuese realmente superior, no podía pasar como semental. Un perro semejante era caro y tenía que ser anunciado como un actor de cine, y las fluctuaciones en su carrera eran violentas. Uno se veía envuelto en la competencia de negocios importadores, era como un juego de azar. Una vez había ido a una perrera donde le enseñaron un terrier japonés famoso como semental. Descansaba el día entero sobre una colcha en el piso de arriba, y al parecer daba por sentado que cuando lo bajaban era porque había llegado una hembra. Igual que una prostituta bien entrenada. Como el pelo era corto, aún resultaba más conspicuo el órgano excepcionalmente bien desarrollado. Incluso él se apartó con repugnancia.
Pero el hecho de que no tuviera machos no se debía a su disgusto por tales cuestiones. Su mayor deleite residía en ayudar a nacer y criar cachorros. .
Era un terrier de Boston extraordinario. Se cavaba un camino bajo la cerca, o se abría paso con los dientes a través del bambú. Lo ató una vez cuando estaba en celo, pero la perra había cortado la cuerda y escapado, y los cachorros serían mixtos. Cuando la criada le despertó, saltó de la cama con la expresión profesional de un médico.
-Trae tijeras y algodón. Y corta la paja -se trataba de la paja que rodeaba el barrilete de sake.
El jardín tenía una suave frescura cuando era bañado por el sol del invierno incipiente. La perra vacía al sol, con una bolsa parecida a una berenjena que empezase a emerger de su vientre. Hizo un mínimo intento de menear la cola, y le miró con expresión suplicante; y de pronto él sintió algo semejante a una punzada de remordimiento.
Éste había sido su primer celo, y aún no había alcanzado su pleno desarrollo. La mirada de sus ojos revelaba que no conocía el significado del nacimiento.
«¿Qué me ocurre? No sé qué es, pero no me gusta. ¿Qué voy a hacer?» La perra parecía tímida y confusa, pero al mismo tiempo ingenua, y dispuesta a encomendárselo todo a él, como rechazando la responsabilidad de su acto.
Él recordó a la Chikako de diez años atrás. Su rostro, cuando le fue vendida, era como el de la perra.
-¿Es cierto que se pierde la capacidad de sentir cuando estás en este negocio?
-Suele ocurrir, pero si encuentras a un hombre que te guste... y no puedes llamarlo negocio cuando tienes dos o tres hombres fijos.
-Tú me gustas.
-¿Y ni aun así gozas?
-No, no es eso.
-¿Qué es?
-Cuando me case, ¿se dará cuenta?
-Sí.
-¿Cómo he de hacerlo?
-¿Cómo lo has hecho?
-¿Cómo fue con tu mujer?
-Me pregunto cómo fue.
-Cuéntamelo.
-No tengo esposa -contempló la cara grave de ella.
«Me he confundido porque se parecía a ella», dijo para sus adentros mientras llevaba la perra al callejón cubierto de paja.
El primer cachorro, envuelto en una membrana, nació inmediatamente. La madre no sabía qué hacer con él. El hombre abrió la membrana con las tijeras y cortó el cordón. La segunda membrana era grande, y los dos cachorros, flotando en un turbio líquido verde, parecían muertos. Los envolvió sin tardanza con una hoja de periódico. Nacieron tres más, todos envueltos en una membrana. El séptimo y último se movía dentro de su bolsa, pero parecía arrugado y débil. Le echó una mirada y, sin abrir la membrana, lo envolvió en un periódico.
-Tíralo en alguna parte. En Occidente seleccionan a los cachorros, matan a los débiles. Así consiguen perros mejores. Nosotros los japoneses sentimentales no sabemos hacerlo. Da a la perra un huevo duro o algo por el estilo.
Se lavó las manos y volvió a la cama. La fresca dulzura del nacimiento de una nueva vida invadió su ser, y sintió el deseo de salir a pasear. Había olvidado que acababa de matar a un cachorro.
Una mañana, justo cuando ya abrían los ojos, encontró muerto a uno de los cachorros. Lo puso dentro de su kimono. Cuando salió a dar su paseo matutino, lo tiró. Dos o tres días después murió otro; la madre había removido la paja para hacerse un nido, y los cachorros quedaron enterrados debajo. Aún carecían de fuerza para salir por sus propios medios, y la madre no se molestó en sacarlos, sino que, por el contrario, permaneció sobre la paja bajo la que estaban enterrados. Morirían por la noche de frío y falta de aire. La perra era como una estúpida madre humana que ahogaba a su niño contra su pecho.
«Ha muerto otro.» Metiéndolo con calma bajo el kimono y silbando a los perros, los llevó de paseo a un parque cercano. El terrier, correteando alegremente, ignorante por completo de haber matado hacía unos momentos a un cachorro, le hizo pensar de nuevo en Chikako.
A la edad de dieciocho años, Chikako había sido llevada a Harbin por un aventurero colonial, y allí estudió baile durante unos tres años bajo los rusos blancos. Al parecer el aventurero falló en todas sus empresas. Mientras Chikako recorría Manchuria con una orquesta, decidieron regresar a Japón. En cuanto se establecieron en Tokio, Chikako le abandonó y se casó con el acompañante que había estado con ella en Manchuria. Aparecía en escena y daba sus propios recitales.
Por aquellos días el hombre se contaba entre los que tenían vínculos con el mundo de la música; pero más que comprender la música, lo que hacía era dar dinero todos los meses a cierta revista especializada. Acudía a los conciertos con el fin de intercambiar chismes con sus amistades. Vio bailar a Chikako y se sintió atraído por la salvaje decadencia de su cuerpo. Le fascinaba compararla con la Chikako de seis o siete años atrás. ¿Qué secreto le había comunicado aquella calidad salvaje? Se preguntó por qué no se había casado con ella.
Pero aquel extraño poder se disolvió a partir del cuarto recital. Corrió al vestidor de ella, y pese al hecho de que Chikako, vistiendo aún sus ropas de bailarina, se estaba quitando el maquillaje, tiró de su manga y la condujo a un oscuro rincón entre bastidores.
-Suéltame -le apartó la mano del pecho-. Me duele sólo con el tacto.
-Qué cosa tan estúpida has hecho.
-Siempre me han gustado los niños. Quería tener uno propio.
-¿Te propones criarlo? ¿Crees que podrás vivir del baile si cedes a instintos femeninos? ¿Qué harás ahora con un recién nacido? Deberías tener más cuidado.
-No pude evitarlo.
-No seas imbécil. ¿Te imaginas que es así de fácil para una artista? ¿Qué dice tu marido?
-Está muy satisfecho y orgulloso.
Él emitió un gruñido.
-Es bueno para mí tener un niño, después de lo que he sido.
-Será mejor que renuncies al baile. -No lo haré.
Al no estar preparado para afrontar la violencia con que lo dijo, él guardó silencio.
Chikako no tuvo un segundo hijo. Y poco después dejó de verla con el primero. Posiblemente por aquella razón, su matrimonio empezó a agriarse. Él oyó rumores al respecto. Chikako no pudo ser tan despreocupada como el terrier de Boston.
De haberlo intentado, podría haber salvado a los cachorros. Sabía muy bien que habría evitado las últimas muertes si después de la primera hubiese cortado la paja más fina o puesto sobre ella un trozo de tela. Pero el último cachorro siguió la suerte de los otros tres. Él no deseaba especialmente que los cachorros murieran; ni tampoco mantenerlos vivos. Su indiferencia se debía al hecho de que eran mixtos.
A veces se le acercaba un perro por la calle. Le hablaba hasta que llegaba a su casa, le alimentaba y le daba un lugar para dormir. Le gustaba que un perro intuyese calor en él. Pero cuando empezó a tener perros propios, dejó de interesarse por los que no eran de raza pura. «Lo mismo debería hacerse con los seres humanos», se dijo a sí mismo, despreciando a las familias del mundo y escarneciendo al mismo tiempo su propia soledad.
Esto le había ocurrido con la alondra. Los sentimientos de piedad con que consideró la idea de acogerla se desvanecieron en seguida. Diciéndose que no tenía objeto salvar un poco de basura, había dejado que los niños la torturasen hasta la muerte.
Pero el momento que perdió mirando a la alondra alargó excesivamente el baño de los reyezuelos.
Consternado, sacó la jaula del agua. Ambos pájaros yacían en el suelo como trapos mojados. Cuando los sostuvo en la mano, sus patas se crisparon.
-Bien. Aún están vivos.
Agarraba en cada mano un cuerpo diminuto, frío hasta la médula, y con los ojos cerrados, como si estuviera más allá de toda salvación. Los calentó sobre el brasero, añadió carbón e hizo que la criada lo aventara. De las plumas salía vapor. Los pájaros se movían con sacudidas espasmódicas. Pensó que la impresión del calor podía darles fuerza para luchar contra la muerte, pero él mismo no podía soportar tanto calor. Extendió una toalla sobre el suelo de la jaula, metió en ella los pájaros y sostuvo la sobre las ascuas. La toalla quedó chamuscada. Aunque uno de los pájaros batiera las alas de vez en cuando y diera media vuelta como atenazado por un muelle, no podían levantarse y aún tenían los ojos cerrados. Las plumas estaban secas; pero cuando apartó la del fuego no dieron ninguna señal de volver a la vida. La criada fue a la casa donde tenían alondras y allí le dijeron que los pájaros enfermos debían tomar té amargo y ser envueltos en algodón. Después de envolverlos en algodón hidrófilo, los tomó en las manos y metió sus picos en té. Bebieron. Cuando les ofreció comida, alargaron los cuellos para alcanzarla.
-Han vuelto a la vida.
Era una especie muy pura de felicidad. Vio que había pasado cuatro horas salvando a los pájaros.
Pero se caían cada vez que intentaban posarse en la percha. Parecía que sus patas no podían abrirse. Las mantenían muy cerradas, eran duras y rígidas como si fueran a quebrarse como pequeñas ramas secas.
-¿No cree que los ha chamuscado, señor? -dijo la criada.
Las patas eran de un color seco y amarronado. Era cierto que los había chamuscado, pero este hecho sólo aumentó su desazón.
-¿Cómo puedo haberlos quemado si los tenía en las manos y sobre la toalla? Ve a preguntar al hombre de la tienda qué debo hacer si mañana no han mejorado.
Cerró con llave la puerta de su despacho y calentó las patas en su boca. El tacto en la lengua casi le hizo saltar las lágrimas. Al cabo de un rato el sudor de su mano logró calentar las plumas. Empapadas de su calor, las patas ya eran más flexibles. Estiró cuidadosamente un dedo, que parecía a punto de romperse, y lo enroscó en su meñique. Entonces volvió a meterse la pata en la boca. Quitó la percha y trasladó la comida a un platito hondo, que puso en el suelo de la jaula; pero los pájaros aún tenían dificultades para comer y ponerse en pie.
-El pajarero dice que probablemente los ha chamuscado -dijo la criada cuando volvió de la tienda-. Dice que debería calentar las patas en té. Pero que normalmente picotean sus patas hasta que están curadas.
Era cierto. Los pájaros picoteaban y tiraban de sus propias patas con el vigor de un pájaro carpintero, como diciendo: «¿Qué pasa, pies? Despertaos, pies.» Y con gran determinación trataban de levantarse: Él quería animar esas ansias de vida en las pequeñas criaturas. Parecían encontrar enormemente extraño que una parte de ellos no funcionara.
Empapó las patas en té, pero su boca parecía más efectiva.
Antes los pájaros eran salvajes, y cuando tomaba uno en la mano había un latido violento en su pecho; pero un día o dos después del accidente se acostumbraron por completo a él, incluso, trinando alegremente, aceptaban el alimento mientras los sostenía en la mano. El cambio incrementó su afecto hacia ellos.
Pero sus cuidados no parecían producir mucho efecto, y empezó a descuidarlos; y a la sexta mañana, con sus patas cerradas cubiertas de excrementos, los dos reyezuelos aparecieron muertos, uno junto al otro.
Hay algo particularmente frágil y efímero en la muerte de un pajarillo. Casi siempre los cadáveres se encuentran por la mañana, del modo más inesperado.
El primer pájaro que murió en su casa había sido un pardillo. Por la noche una rata arrancó las colas de una a de pardillos, y la jaula estaba salpicada de sangre. El macho murió al día siguiente, pero la hembra, con la parte trasera roja como un babuino, vivió durante mucho tiempo. Los machos que venían a ser su pareja murieron uno tras otro. Al final la hembra murió de vejez.
-Los pardillos no se adaptan aquí.
Nunca le habían gustado tales pájaros, que parecían más apropiados para el gusto de una colegiala. Prefería, por su austeridad, los pájaros que tomaban pasta a la manera japonesa a los pájaros que comían granos según el estilo occidental. Entre los pájaros cantores, le disgustaban los canarios, los cerrojillos y las alondras, pájaros de trinos brillantes y espectaculares. No obstante, había tenido pardillos, pero sólo porque el tendero se los había regalado. Cuando uno moría, se limitaba a reemplazarlo.
Con los perros tampoco quería quedarse sin un ejemplar de la raza que había tenido, un collie, por ejemplo. Un hombre se siente atraído hacia una mujer parecida a su madre, ama a una mujer que se parezca a su primera novia y desea casarse con una mujer que sea como su difunta esposa. ¿Acaso no es lo mismo con los pájaros y animales? Vivía con ellos porque quería saborear a solas una clase de arrogancia más independiente; y dejó de tener pardillos.
El siguiente en morir fue un aguzanieves. El verde amarillento del abdomen hacia la cola, el amarillo del abdomen y el pecho, y todavía más las líneas suaves y sencillas, le recordaban un delicado bosquecillo de bambúes. Especialmente manso, picoteaba con gusto la comida si se la ofrecía con el dedo, incluso cuando no estaba hambriento, levantando las alas incesante y alegremente y gorjeando de la manera más agradable; y como picaba con travesura las pecas de su rostro, le dejó salir de la jaula. El resultado fue que murió de un atracón de migas o algo parecido. Pensó en adquirir otro, pero renunció a la idea y puso un petirrojo Ryükyü, nuevo para él, en la jaula vacía.
La nostalgia de los reyezuelos no le abandonaba, tal vez porque su negligencia había sido la causa del baño demasiado prolongado y la quemadura de las patas. El tendero le llevó inmediatamente otra pareja. Esta vez no se apartó del barreño; y volvió a ocurrir lo mismo.
Sus ojos estaban cerrados y sus cuerpos temblaban cuando sacó la jaula del agua; pero, capaces todavía de mantenerse en pie, se encontraban en un estado considerablemente mejor que los pardillos. Tendría cuidado en no chamuscarles las patas.
-He vuelto a hacerlo. Enciende el carbón -dijo con voz tenue, algo avergonzado.
-¿Y si los dejáramos morir, señor?
Fue como si un sobresalto le despertara de un adormecimiento.
-Pero ya te acuerdas de la última vez. Puedo salvarles con toda facilidad.
-Puede que los salve, pero no por mucho tiempo. Ya lo pensé la otra vez, con las patas de aquel modo. Hubiera sido mejor dejarles morir en seguida.
-Pero puedo salvarlos, si quiero.
-Sería mejor dejarles morir.
-¿Ah, sí?
Sintió una repentina pérdida de fuerzas, como si fuera a desmayarse. Subió a su despacho y, después de colocar la jaula al sol, ante la ventana, contempló morir a los reyezuelos con mirada ausente.
Rezaba para que la luz del sol los salvara. Estaba extrañamente triste. Era como si su propia vileza estuviera allí expuesta ante su vista. Se sentía incapaz de intentar salvarlos, como hiciera con los otros.
Cuando por fin murieron, sacó de la jaula los dos cuerpos húmedos. Los tuvo un rato en la mano, y entonces los volvió a meter en la jaula y guardó ésta en el armario.
Bajó la escalera.
-Han muerto -dijo con indiferencia a la criada.
Los reyezuelos de corona dorada, pequeños y débiles, no tardaron en morir. Sin embargo, otros pájaros pequeños, como los paros y los abadejos, se criaban bien en su casa. Llamaba destino al hecho de haber matado dos parejas en el baño, como si un pardillo, por ejemplo, tuviera dificultades en vivir en una casa donde había muerto otro pardillo.
-Esto es el fin entre los reyezuelos y yo -dijo, riendo. Se acostó en el comedor y dejó que los cachorros le tirasen del pelo. Después, seleccionando una lechuza entre las dieciséis o diecisiete jaulas, se la llevó a su despacho.
Cuando le veía, la lechuza abría mucho los ojos y demostraba su ira. Meneando de un lado a otro la cabeza medio escondida, hacía rechinar el pico y silbaba. No quería comer nada cuando él la estaba mirando. Si le ofrecía un poco de carne, se la arrebataba furiosamente y la dejaba colgando de su pico. Habían pasado una noche entera enfrentando sus voluntades. La lechuza se negaba a mirar el alimento mientras él estuviera presente. Permanecía inmóvil. Pero sintió hambre cuando la aurora apareció en el cielo. Él la oyó deslizándose por la percha en dirección a la comida. Si se volvía hacia ella, la cabeza se erguía, con los cuernos hacia atrás y los ojos semicerrados, y la expresión era tal que obligaba a uno a preguntarse si podía existir en el mundo tanta maldad y semejante astucia; y, silbando venenosamente, fingía que no había ocurrido nada. Entonces él desviaba su mirada, y de nuevo oía el rumor de las patas. Si sus miradas se cruzaban, la lechuza volvía a retirarse. Poco después el alcaudón anunció ruidosamente la felicidad de la mañana.
Lejos de enojarse con la lechuza, encontraba en ella un gran consuelo.
-He buscado mucho una criada semejante. -Muy modesto por su parte.
Desvió la vista, frunciendo el ceño.
-Kiki, kiki -llamó el - alcaudón, que estaba junto a ellos.
-Kikikikikikiki -replicó el alcaudón, con una estridencia en la voz como para hacer huir a cualquiera. Aunque de costumbres violentas, como la lechuza, le gustaba comer de su mano, y se encariñó con él como una niña mimada. Emitía un grito cuando él tosía, o cuando oía sus pasos acercándose a la casa. Si le dejaba salir de la jaula, volaba hasta su rodilla o su hombro y agitaba alegremente las alas.
Lo tenía junto a su almohada como sustituto de un despertador. Bajo la luz matutina gritaba de un modo seductor cuando él daba media vuelta, movía un brazo o colocaba bien la almohada. Incluso solía contestar cuando él tragaba. Y cuando se disponía a despertarle ruidosamente, su voz era clara como un rayo atravesando la mañana de la vida. Después de recibir varias veces contestación a su llamada y de que él se hubiera despertado por completo, se ponía a gorjear suavemente, imitando a todos los demás pájaros.
El alcaudón era el primero en hacerle sentir la felicidad de un nuevo día, y más tarde se le unían otros trinos.
Todavía en camisón, ponía algo de comida en su dedo, y el hambriento alcaudón la picoteaba con violencia. Él tomaba la violencia como una señal de afecto.
Raramente pasaba una noche fuera de casa. Si estaba ausente una sola noche, soñaba con sus pájaros y animales y se mantenía despierto. Como sus costumbres eran tan fijas, a veces se aburría y daba media vuelta cuando iba solo a comprar o visitar a un amigo. Si no disponía de otra compañía femenina, llevaba consigo a la criada.
Ahora, dirigiéndose al baile de Chikako, no podía dar media vuelta. Se había tomado la molestia de traer a la muchacha y el cesto de flores.
El recital de esta noche estaba patrocinado por un periódico. Era una especie de competición entre catorce o quince bailarinas.
Hacía dos años que no la veía bailar. Su danza había degenerado tanto que se vio obligado a desviar la vista. Lo único que quedaba de su fuerza salvaje era una coquetería vulgar. El estilo se había deshecho junto con el deterioro de su cuerpo.
Adoptó las excusas, pese a las opiniones del conductor, de que traía mala suerte haberse cruzado con un funeral, y que asimismo traía mala suerte tener en casa pájaros muertos, y envió a la muchacha al camerino con las flores.
Chikako contestó con el mensaje de que necesitaba hablar con él. Después de verla bailar, le disgustaba la perspectiva de sostener una larga conversación con ella. Aprovechó el entreacto para ir al camerino. De pronto se detuvo y se ocultó detrás de la puerta.
Un hombre joven estaba maquillando a Chikako.
En el rostro blanco e inmóvil, totalmente entregado al hombre, los ojos estaban cerrados, el mentón algo levantado; los labios, las cejas y las pestañas aún no habían sido pintados. Era el rostro de una muñeca sin vida, un rostro muerto.
Hacía menos de diez años que había pensado en suicidarse con Chikako. No tenía ninguna razón especial. Él solía decir que quería morirse. La idea no era más que una espuma flotando en la vida solitaria que llevaba con sus animales; y decidió que Chikako, que se entregaba ausentemente a otros como pidiendo que alguien le diera la esperanza, que apenas estaba viva, sería una buena compañera. Chikako, con la expresión de siempre en el rostro, como si no conociera el significado de lo que hacía, asintió puerilmente. Sólo puso una condición.
-Dicen que pataleas contra la falda. Átame muy fuerte las piernas.
Al atar sus piernas con un cordel fino, se sorprendió de nuevo ante su belleza.
Pensó: «Dirán que he muerto con una mujer hermosa.»
Yacía de espaldas a él, con los ojos tranquilamente cerrados y la cabeza hacia arriba. Entonces juntó las manos para rezar. Él sintió, como un relámpago, el placer de la vaciedad.
-No vamos a morir.
No había sido su intención, naturalmente, matar y morir. Ignoraba si Chikako había accedido con seriedad. Su rostro no revelaba nada. Era una tarde de mediados de verano.
Cogido completamente por sorpresa, él no volvió a hablar ni a pensar en el suicidio. En el fondo de su corazón sabía que ocurriera lo que ocurriese, debía conservar a esta mujer.
El rostro de Chikako entregado a este joven le hizo pensar en su rostro cuando yacía con las manos juntas. Sus pensamientos desde que subiera al taxi se habían concentrado en este mismo rostro. Siempre que pensaba en Chikako, incluso por la noche, la veía envuelta en la luz cegadora de pleno verano.
«Pero, ¿por qué me he deslizado detrás de la puerta?», dijo para sus adentros mientras volvía al vestíbulo. Un hombre le saludó cordialmente. ¿Quién podía ser? Quien quiera que fuese, parecía muy excitado.
-Es muy buena. Uno se da cuenta de lo buena que es cuando destaca entre las demás.
Le recordó. Se trataba del acompañante con quien Chikako se había casado.
-¿Y cómo van las cosas?
-He pensado que debía venir y saludarla. De hecho, nos divorciamos a fines del año pasado. Pero su baile destaca en verdad. Es muy buena.
Confundido, se dijo a sí mismo que debía pensar en algo dulce. Cierto pasaje le pasó por la mente.
Poseía los escritos de una muchacha que había muerto a los quince años. Su mayor placer estos días residía en los escritos de chicos y chicas jóvenes. Al parecer la madre había maquillado su rostro muerto. Después de lo escrito en el diario el día de la muerte de la muchacha, la madre escribió:
«Maquillada por primera vez: como una novia.»